Me senté en mi escritorio, con la mano aún temblorosa por la adrenalina, y miré a Inés. Ella, con su habitual calma, esperaba mis instrucciones, su mirada sabia y comprensiva. Había sido testigo de mi furia, de mi determinación, y sabía que mi siguiente paso sería crucial.
—Inés —dije, mi voz, un susurro que apenas lograba controlar—. Necesito que hagas algo por mí. Algo importante.
Inés asintió. —¿Dime, Catalina? Estoy lista para lo que necesites.
—Necesito que llames a Verónica —dije, y vi có