El zumbido del aire acondicionado era el único sonido en mi oficina, una melodía monótona que me permitía concentrarme en los informes que tenía frente a mí. La mañana había transcurrido con una calma inusual, una tregua bendita después de la confrontación con Leonardo y la revelación de su club de "machos alfa". Mi plan, el de enamorarlo para luego humillarlo, se sentía como una estrategia fría y calculada, pero necesaria.
De repente, la puerta de mi oficina se abrió sin previo aviso. Levanté