La paciencia de Catalina se había desgastado como un engranaje mal lubricado. Las constantes escaramuzas entre Rodolfo y Leonardo habían transformado la oficina, que antes era su refugio de concentración y creatividad, en un campo de batalla silencioso pero palpable. Cada mirada cargada, cada comentario velado, cada intento de uno por eclipsar al otro, la distraía, la frustraba y, lo que era peor, amenazaba con descarrilar el proyecto que tanto significaba para ella.
Finalmente, decidió que no