Leonardo, con su habitual aire de suficiencia, ahora ligeramente desdibujado por la reciente inmersión forzada en el mundo del trabajo, miraba a Rodolfo con desdén. Rodolfo, por su parte, mantenía una sonrisa afectada, una máscara de cortesía que no alcanzaba sus ojos fríos y calculadores.
Don Rafael, sentado tras su imponente escritorio de caoba, observaba a ambos hombres con una expresión que mezclaba autoridad y un ligero matiz de decepción. Sabía de sus disputas, de la forma en que su rival