Catalina me había puesto en mi lugar, delante de Mateo, delante de todos. La rabia me quemaba por dentro, pero había algo más, una punzada de inquietud que no lograba sacudirme.
¿Quién demonios le mandó esas fotos a Catalina?
La pregunta taladraba mi mente con una insistencia implacable. Las imágenes de Verónica y yo en el hotel, la prueba irrefutable de mi desliz, ¿cómo habían llegado a sus manos? Solo había una persona que sabía de mi encuentro con Verónica: Juan Carlos. Y solo mi padre y Jua