—Anast…
—Ahora vete.
Sin darle tiempo a añadir más le cerró la puerta en las narices y se recargó en la puerta. Ojala nunca hubiese aparecido, ojala nunca lo hubiera conocido, pero sobre todo ojala nunca lo hubiera amado.
Volvieron a llamar a la puerta, ese hombre era demasiado terco pero ella lo era mucho más y si lo que le había dicho no era suficiente, ya estaba ideando otras palabras más.
Abrió la puerta.
—Que no entiendes que te largues.
Pero la cerró al ver a un joven alto, de ojos inmens