Al caer la tarde, Marco decidió regresar a la mansión. Durante todo el día había intentado convencerse de que lo ocurrido podía tener una explicación. La rabia ya no era la misma. Poco a poco había sido reemplazada por la necesidad de escuchar a Adelaide antes de sacar conclusiones definitivas. Estacionó el vehículo frente a la entrada principal y, apenas cruzó la puerta, un silencio extraño lo envolvió. La casa estaba demasiado quieta. No escuchó los pasos de Adelaide bajando las escaleras, ni