La noche después de la propuesta, Kingsley se sentó solo en su estudio, mirando fijamente la chimenea.
Las llamas danzaban en silencio, proyectando una luz dorada por toda la habitación, pero su mente corría demasiado rápido como para notarlo. Sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre el reposabrazos. Su corazón latía con fuerza, no de emoción esta vez, sino de temor.
Tenía que decírselo.
Tenía que decírselo a sus padres.
Durante un largo momento permaneció inmóvil, intentando reunir las pala