Mundo de ficçãoIniciar sessãoCapítulo 8. Llamemos a la ambulancia.
Francisco miró a Valeria bañada de sangre, luego miró a Fernanda, su mirada se oscureció.
-- He pasado las últimas tres horas en una reunión de seguridad con los directores del banco, rodeada de cámaras y testigos. Después he estado afuera de nuestra casa, justo cuando ella te hacia la llamada en donde se supone yo la estaba agrediendo. No he estado a menos de cinco kilómetros de este hotel en todo el día. – explicó.
-- Eso no es verdad... ¡viniste aquí! ¡me golpeaste! ¡Francisco, mírame, mírame cómo estoy! –
Francisco volvió a mirar a Valeria, su rostro se suavizo cuando lo hizo. Al final ella era el amor de su vida.
-- Si tú no viniste, mandaste a alguien. Esto no se queda así, Fernanda. Voy a denunciarte por intento de homicidio. Oficial, deténgala a ella. Mi mujer está desangrándose, si seguimos acá nuestro hijo morirá – soltó Francisco mirando a su esposa con odio.
El oficial miró a su equipo.
-- Llamen a la unidad médica de inmediato. Pero mientras llegan, nadie sale de esta habitación. Esto ahora es la escena de un crimen y de una investigación por lesiones graves. Si lo que dice el señor es cierto, habrá pruebas forenses –
-- Exactamente oficial – le dijo Fernanda, cruzándose de brazos.
-- Que venga la ambulancia. Que vengan los médicos forenses. De hecho, mi abogado ya ha solicitado que se le realice un examen ginecológico de urgencia a la señorita Valeria en el hospital de la policía para documentar la pérdida de ese... supuesto bebé –
Al escuchar las palabras "examen ginecológico", los ojos de Valeria se abrieron de par en par. Un destello de pánico absoluto cruzó su rostro antes de que volviera a cerrarlos para fingir un desmayo.
-- ¡Se está desvaneciendo! – gritó Francisco, corriendo a su lado.
-- ¡Hagan algo! –
-- Lo que vamos a hacer, señor Francisco, es seguir con el protocolo – le dijo el oficial, acercándose al charco rojo en el suelo.
-- Pero antes... – el oficial se agachó, humedeció un guante en la sustancia roja y se lo llevó a la nariz.
Luego, con una expresión de total incredulidad, miró a Francisco.
-- Señor, esto no huele a sangre. Huele a colorante vegetal y jarabe de maíz –
El silencio que siguió fue tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Francisco se quedó helado, con las manos y la ropa aún manchadas de ese líquido. Miró sus dedos y los llevó a su nariz... era cierto.
No había el olor metálico y ferroso de la sangre real. Era un rojo demasiado perfecto, demasiado espeso, que no se coagulaba como debería.
-- ¿Qué? – susurró de pronto, mirando a Valeria, ella desvió la mirada.
-- Valeria, levántate – le ordenó Fernanda con una frialdad cortante.
-- El juego se acabó. No hay bebé, no hubo ataque y, sobre todo, ya no hay tienes a donde esconderte –
Valeria no se movió, pero sus párpados temblaban violentamente.
Francisco, sintió que el mundo empezaba a girar en sentido contrario, la tomó de los hombros y la sacudió ligeramente, pero aun así no era nada comparado como había sacudido cerca del balcón aquella noche a su propia esposa.
-- Valeria... Valeria, mírame. Dime que es verdad. Dime que no estás fingiendo algo así... habla por favor... –
-- ¡Me duele! – insistió ella, aunque su voz ya no sonaba tan débil, sino más bien desesperada.
-- ¡Fernanda debió cambiar las pruebas! ¡Ella es poderosa, Francisco, ¡seguro ella compró a los policías! –
-- Señorita, eso es una acusación muy seria – se defendió el oficial.
-- Yo no he sido comprado por nadie – intervino el otro oficial con severidad, mirando a Francisco furioso.
-- Nadie ha cambiado las pruebas acá y eso de allí no es sangre en ningún lugar... los médicos están por llegar. Si usted está realmente herida, ellos lo dirán. Pero le advierto que fingir un crimen es un delito grave – le recordó.
-- Y el robo del collar... bueno, eso es un hecho. Pero ¿Dónde está la joya? –
Fernanda dio un paso al frente y señaló el bolso de diseñador que Valeria tenía a un costado del sofá, y que había utilizado la noche del proyecto.
-- Debería estar aquí. En ese bolso o escondido en alguna parte de la habitación. Porque ella lo llevó puesto esa noche – les dijo y sacó su teléfono mostrando una captura de pantalla donde ella aparecía en el evento orgullosa mostrando el collar.
-- Esas fotos no son reales, yo nunca he visto ese collar – dijo Valeria haciendo que Francisco abriera los ojos como platos, no esperaba que la dulce Valeria mintiera así, y que quisiera quedarse con el collar de la madre de su esposa.
-- Fran... por favor. Diles que no soy una ladrona – le suplicó.
Francisco, todavía confundido no sabía que hacer, hubiera sido más fácil decir que él se lo había dado aguardar. Pero veía como se complicaba la vida sola, el oficial miró la cartera y él con las manos temblorosas y el corazón martilleando contra sus costillas, abrió el bolso.
Allí, entre maquillajes y un frasco de colorante rojo vacío que Valeria no tuvo tiempo de ocultar bien, estaba el collar de la madre de Fernando. La esmeralda brillaba, impasible ante la miseria humana que lo rodeaba.
Francisco sintió que una náusea profunda le subía por la garganta. Miró a la mujer que tenía en el sofá, la mujer por la que había dejado plantada muchas veces a su esposa, la mujer por la que había despreciado el sacrificio de Fernanda por cinco años.
Valeria ya no estaba fingiendo que quería desmayarse, estaba sentada, mirando a todos con el odio de una rata acorralada.
-- ¿Por qué? – le preguntó él, su voz apenas se escuchaba con un hilo de aire.
-- ¿Por qué inventar un hijo? ¿Por qué decir que ella te atacó? ¿Por qué hacerme esto a mí? –
Valeria lo miró desafiante.
-- ¡Porque ahora que sabes quien es ella, no te ibas a separar! – le gritó, explotando finalmente, señalando a Fernanda con un odio desmedido en su mirada.
-- ¡Ademas te escuché hablar con tu abuela! – le reclamó.







