Mundo ficciónIniciar sesiónCapítulo 2. Nuestro quinto aniversario... La decepción.
Valeria sentada frente al tocador, luciendo una bata de seda blanca que claramente era la misma que ella acostumbra a usar cuando se quedaba con su esposo en aquella habitación.
Pero no fue la bata lo que detuvo el aliento de Fernanda... era el destello en su cuello lo que llamó su atención.
Era un collar de diamantes con una esmeralda en forma de lágrima colgando en el centro... Fernanda sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. Aquel collar era el único recuerdo que conservaba de su madre fallecida. El único collar que alguna vez empeño para sacar a flote la empresa de quien ahora era su esposo y el único collar que le había pedido a Francesco que lo llevara a un joyero de confianza para reforzar el broche, que parecía se estaba aflojando.
Valeria giró al sentirse observada.
Al ver a Fernanda, sus labios se curvaron en una sonrisa lenta, triunfal, nada parecida a la de una mujer ebria o en crisis, como le hizo creer a su jefe.
-- ¡Oh! Fernanda... qué sorpresa verte aquí – le dijo la joven asistente, acariciando la esmeralda con la punta de los dedos.
-- Francisco me dijo que esto era un regalo por mi arduo trabajo este mes. ¿No es precioso? Combina con mis ojos, ¿verdad? –
Fernanda no podía hablar. La indignación era un fuego que la consumía por dentro, quiso acercarse y arrebatárselo, pero el dolor era un hielo que la paralizaba. En ese momento, escuchó el sonido de la ducha cerrándose en el baño contiguo.
Sin decir una palabra, Fernanda caminó hacia la mesa de noche, dejó caer la carpeta de documentos con un golpe seco y se dio media vuelta.
-- Dile a mi esposo que sus negocios no pueden esperar, debe firmar estos documentos – y salió de la habitación, ignorando el llamado burlón de Valeria. No lloró, ya había pasado ese punto años atrás.
Minutos después Francisco salió del baño.
-- Tu esposa estuvo aquí – le dijo Valeria, fingiendo una voz temblorosa.
-- Entró como una furia y me miró como si fuera una basura. Malinterpretó totalmente que yo me estuviera probando el collar que dejaste sobre la mesa... – el hombre sintió una oleada de irritación.
-- ¿Te insultó? – le preguntó, con la mandíbula tensa.
-- Dijo cosas horribles de los dos Francisco – mintió Valeria bajando la mirada para ocultar el brillo de satisfacción.
-- Me hizo sentir como una intrusa en tu vida, cuando yo solo intento ayudarte con la empresa –
Francisco golpeó la palma de su mano contra la mesa. La culpa que sentía por haber olvidado el aniversario se transformó instantáneamente en una furia defensiva.
Estaba harto de los "celos" de Fernanda, de su presencia constante recordándole, silenciosamente, que le debía su éxito.
-- Mañana hablaré con ella – gruñó él.
-- Esto se acabó. No voy a tolerar que te falte al respeto ni que monte estas escenas de celos absurdas –
Fernanda no durmió. Pasó la noche sentada mirando por la ventana de su habitación, viendo cómo la lluvia cesaba para dar paso a un amanecer frío y gris.
A las nueve de la mañana, entró en el edificio de la corporación. Los empleados la saludaban con cortesía, pero ella podía sentir sus miradas. Todos sabían que la asistente del CEO pasaba más tiempo con él que su propia esposa.
Caminó directamente a la oficina de él, ignorando a la secretaria en la recepción. Al entrar, lo encontró revisando los documentos que ella misma había llevado al hotel la noche anterior.
-- Fernanda – le dijo él, sin levantar la vista.
-- Qué bueno que vienes. Tenemos que hablar sobre tu comportamiento de anoche. Fue infantil, vergonzoso y... – ella no lo dejo seguir.
-- Quiero el divorcio, Francisco – lo interrumpió.
El silencio que siguió fue absoluto. Francisco levantó la cabeza, sorprendido por un segundo, pero luego su expresión se tornó burlona. Soltó una risa seca y dejó el bolígrafo sobre el escritorio.
-- ¿Otra vez con lo mismo mujer? ¿Un berrinche más porque no llegué a casa a cenar? Fer, ya eres mayor para estas escenas. Sabes perfectamente que Valeria estaba mal y mi deber era... –
-- No me importa Valeria – lo volvió a interrumpir ella, pero esta vez con una calma que lo desconcertó.
-- Me importa que le diste el collar de mi madre. Me importa que, en cinco años de matrimonio, no has pasado un solo aniversario conmigo. Pero, sobre todo, me importa que me he dado cuenta de que ya no quiero salvarte más –
Francisco se puso de pie, intentaba intimidarla con su altura, pero eso parecía no importarle a ella, quien no retrocedió ni un milímetro.
-- ¿El collar? Por Dios, solo se lo estaba probando. Te lo devolveré cuando aprendas a confiar en mí. Y en que no vas a perder la cabeza cada vez que el trabajo exige un poco de mi tiempo –
-- No es un berrinche, Francisco. Es una decisión – le dijo y puso el documento sobre la mesa.
-- Firma aquí. Podemos hacerlo de manera amistosa o puedo pedirte que me devuelvas todo el capital de apoyo que te presté para levantar la empresa cuando estaba mal... tú eliges – los ojos de su esposo se encendieron de ira.
-- Ese dinero... – susurró.
El orgullo le impedía ver el dolor de la mujer que tenía frente a él. Solo veía a alguien tratando de controlarlo.
-- ¿Me estás amenazando? ¿Después de todo lo que he construido? – dio un paso hacia ella, pero Fernanda no retrocedió.
-- Devuélveme el collar, ¡ahora! – le exigió ella.
-- ¡No! El collar se queda conmigo hasta que te calmes – Fernanda lo miró por última vez antes de salir.
Al regresar a la mansión, Arturo la esperaba en el vestíbulo. Al ver su rostro pálido y sus manos temblorosas, el anciano se acercó y le ofreció un vaso de agua.
-- ¿Me voy a divorciar? – le dijo.
-- Señora... Fernanda, si me permite. Han pasado cinco años. Usted lo dio todo por esta casa, por él. ¿Está segura de que quiere dejar que todo ese tiempo pase en vano? Quizás si espera a que él se dé cuenta... – ella negó. Subió a su habitación, pero no para empacar.
Se sentó en el borde de la cama y sacó un teléfono diferente de su bolso, uno pequeño y delgado que guardaba en un compartimento oculto. Lo encendió y marcó un número que no estaba en su lista de contactos, pero que conocía de memoria.
El tono de llamada sonó tres veces antes de que una voz masculina, profunda y autoritaria, respondiera en el otro lado del país.
-- ¿Diga? –
-- Soy yo. Estoy lista para volver a casa – dijo ella.







