Alan…
El sol no estaba alto, estaba justo encima de mí, era pesado y frustrante, demasiado cansado.
Lo sentía en la nuca, en la espalda, en los brazos que ya no me respondían igual. Cada movimiento era más lento que el anterior, más torpe, más forzado. El sudor me corría por la frente, me nublaba la vista, se metía en los ojos y ardía, pero ni siquiera tenía el lujo de limpiarlo.
—¡Más rápido!
Ni volteé.
Si abría la boca, iba a mandar al diablo a alguien… y ya no estaba en posición de hacerlo.