Erika, por su parte, apenas y pudo pegar el ojo en toda la noche. Cada que cerraba sus párpados, veía la imagen de Astoria. No podía estar en paz. Durante esos días no tomó ni una gota de licor, por lo que no se podían justificar esas extrañas visiones a un efecto del alcohol.
Examinó en más de una ocasión cada una de las habitaciones del departamento. Tenía los ojos bien abiertos en caso de que notara alguna trampa, algo inusual.
Gracias al miedo que la estaba invadiendo, decidió salir a tomar