Deacon llevó a los niños al colegio, de ahí pasaba a las oficinas de Alejo. Por mi parte, yo necesitaba hablar con alguien para ayudarme a centrar mis ideas y más ahora que debía ir a cuidarlo. Me arreglé, salí en busca de la persona que podría ayudarme. Llegué a la iglesia, entre semana ofrecía dos eucaristías, a las siete de la mañana y de la noche, no había nadie, así que me dirigí a la casa parroquial. Toqué, pero nadie me abrió.
—¡Buenas!
—Buenos días, Blanca.
Giré, el padre se encontraba