El aire se volvió pesado con la quietud que siguió. Los ojos de la madre de Samira se fijaron en Kael, los cuales estaban llenos de asombro, mientras sus manos trémulas se extendían hacia el bebé.
—¿Mi nieto? —repitió ella, buscando cerciorarse—. ¿Es tu hijo?
—Sí, mamá —respondió Samira, con una sonrisa tenue pero sincera—. Kael es tu nieto.
La madre de Samira se llevó una mano a la boca, conmovida hasta las lágrimas. Lentamente, extendió los brazos hacia Alister, quien le entregó al bebé con d