Mis ojos se inflamaban, inundados por un océano de lágrimas que no paraban de derramarse. La sala de espera se había transformado en un infierno personal, un espacio donde el tiempo se detuvo y cada instante representaba una punzada de desesperación. Emely salió ilesa y luego volvió con mis padres, quienes también contrataron sus propios vigilantes para proteger su casa. En total, había más de cuarenta personas vigilando tanto el interior como el exterior de la casa hasta que encontráramos a Cas