16. Nuestro contrato
—No puede ser… —murmuré mientras leía el correo que acababa de recibir de los abogados de Alexander.
En el último mensaje, me solicitaban —como si tuvieran derecho a hacerlo— que, en retribución a los “inconvenientes causados”, incluyera una reunión mensual obligatoria con Alexander. ¿La razón? Supuestamente para discutir los platos que se ofrecerían en nuestros restaurantes. Según ellos, una forma de “compensar” las reuniones que yo tenía con mi padre. Presioné con fuerza el puente de mi nariz