Máximo me fue contando sobre su día mientras íbamos en el auto, era como si su confesión no hubiese cambiado en nada su actitud hacia mí. Me gustaba que fuera así, tan sincero y espontáneo.
Una vez que llegamos a mi casa, le pregunté si se quedaría a cenar.
—No creo que sea correcto, me declaré hace un rato y no quiero que pienses mal de mí.
—Jamás pensaría mal de ti.
—Sí lo hiciste, cuando mi mamá te contaba sobre mis desenfrenos— me reí, porque era verdad.
—Bueno, sí, pensé que eras un idiota