Por la noche, el alcalde se dirigió a la tienda de Julio. Sofía supuso que la discusión de los aldeanos había llegado a buen puerto. Sentía cierta curiosidad por saber si los aldeanos decidirían marcharse o quedarse.
El alcalde y Julio charlaron durante dos horas. Al final éste salió de la tienda. Al ver la amplia sonrisa del alcalde, Sofía supuso que estaba encantado con el resultado. Tras vacilar un poco, entró en la tienda de Julio.
—Sabía que vendrías —dijo Julio, sonriendo. Parecía habe