Un rato más tarde seguimos en el sofá como si esto fuera lo normal en nosotros: estar acurrucados con la manta echada por encima. He vuelto a ser consciente de la tormenta en cuanto la luz se ha ido y nadie se ha molestado en ir y subir los plomos. Los relámpagos que iluminan la habitación de vez en cuando se encargan de darnos toda la luz que necesitamos.
Arrastro la mejilla por su hombro. Está mirando al techo, con un brazo flexionado debajo de la cabeza y el otro echado sobre mi cintura. Oja