Pero el imbécil de Renzo empezó a tocar la bocina del carro.
—Imbécil —dijimos los dos al mismo tiempo y reímos.
—Me tengo que ir —nos separamos—. Cuídate, hasta que nos entreguen los exámenes. Estás enferma, vengo a la hora del almuerzo, hazle caso a tu tío.
—Sí, papi —dije, volteando los ojos, porque parecía un papá dando órdenes.
Se acercó peligrosamente a mí y puso su mano en mi cuello, apretando sin hacer daño.
Su boca tocaba la mía levemente.
—Para ti soy tu señor —apretó un poco más mi c