CAPÍTULO 80: ACORRALADA
Hazel
Los cuatro lobos se ciernen sobre mí, sus gruñidos profundos y las sonrisas torcidas en sus rostros me dejan claro que disfrutan esto. Mi respiración es pesada, pero no retrocedo. Mi cuerpo tiembla, pero no de miedo sino de pura adrenalina. Mi loba clama por seguir peleando, por defendernos, aunque estoy empezando a sentir el agotamiento en cada músculo.
—Mírala —dice uno de los lobos, el más corpulento de todos con una mueca burlona mientras se acerca más—. No par