Alice nunca había amanecido más feliz y completa en su vida. Amanecer con su cabeza sobre el pecho de Scott y escuchar cada uno de los latidos de su corazón era sin duda despertar en la gloria. Se levantó sobre su codo y miró a Scott que dormía plácidamente. Pasó las yemas de sus dedos por su boca con delicadez para no despertarlo y se quedó allí admirando su belleza.
–Sé que soy perfecto, pero no es necesario que me acoses ¿sabes? –Dijo Scott abriendo uno de sus ojos y mirando a Alice de reojo