Damian
Nunca, y digo, nunca llevo a nadie a mi casa. Mucho menos a una mujer, y menos aún una mujer en el estado en el que está Emma ahora mismo, entre medio ebria y nostálgica, apoyada contra la ventanilla y perdiéndose en la ciudad que pasa ante sus ojos.
Sus ojos reflejan una mezcla de tristeza y desinhibición que no puedo ignorar, una que ya he visto en otros rostros antes, pero que, viniendo de ella, me produce algo que no soy capaz de definir.
En realidad, en lo único que puedo pensar es e