El motor del auto de Melissa zumba suavemente mientras avanzamos por la carretera. Hoy el día amaneció nublado, el paisaje es gris y desolado, como si incluso el mundo entendiera la gravedad de lo que estamos a punto de hacer.
Mi corazón late con fuerza en mi pecho, acompasado por el leve golpeteo de mis dedos contra el asiento. Melissa mantiene ambas manos firmes en el volante, sus labios apretados en una línea fina.
—Todavía creo que deberíamos esperar —dice finalmente, rompiendo el silencio