Victoria:
Me depositó en la cama con suma delicadeza
– ¿Estás mejor?
– No lo sé, Franco
– ¡Oh por Dios!, estás temblando – me abrazó con fuerza.
Sentir sus musculosos brazos alrededor de mi cuerpo estrechándome contra el suyo y haciendo que su perfume me embriagara por completo, era la gloria, pues ese hombre cada vez me tenía más cuativada.
– Gracias –
– ¿Por qué, tesoro? – besó mi frente
– Por no dejar que me cayera – hundí mi cara en su pecho, me estrechó más aún
– Jamás dejaré que te suceda