Por un momento nos quedamos en silencio y mirándonos a los ojos. Hasta tuve la sensación de que el espacio entre nuestros labios cada segundo que pasaba se hacía más corto. Su aliento acariciaba el mío, y su colonia varonil me embriagó.
—Lo dejaste fascinado — susurró, sin dejar de mirar mis labios—. Intrigado, tal vez un poco idiotizado por tus hermosos encantos.
—Esa era la idea, ¿no?
—Sí, ese es el plan.
El roce de nuestros labios me antojó de sobremanera, pero la voz de Tami a mi espalda no