Tania llega puntual y me saluda con un abrazo, moviéndolo de manera efusiva, mostrando entusiasmo en su rostro. Sin pedir permiso, le da un sorbo a mi café, llevando la taza rápidamente a sus labios.
— ¡Oye! — Le reclamo al quitarle mi taza de las manos, frunciendo el ceño y cruzando los brazos.
— Lo siento, lo necesitaba. Tuve un día de locos, no había tenido tiempo ni de tomarme un café — se disculpa encogiéndose de hombros.
— Pobrecita, debió ser agotador. Podíamos haber dejado esta salida