Llegamos al pie de un edificio imponente, cuya fachada gris se alzaba sobre nosotros como una muralla. La entrada era amplia y estaba flanqueada por dos hileras de pinos que se mecían con el viento. Por un instante, me sentí desorientada, pensé que me llevaría a uno de sus hoteles.
Un vigilante nos saludó cordialmente al pasar, dirigiéndose a Adrien por su nombre. Deduje que vivía allí y me pregunté qué clase de vida tendría. El vigilante me miró con curiosidad y me deseó buenas noches, a lo qu