En el corazón de la península de Yamal, donde el permafrost dicta las leyes de la existencia y el viento ártico aúlla con una cadencia que los antiguos llamaban "el aliento de los muertos", se alzaba el Complejo Sigma. A simple vista, era una estación de investigación meteorológica más, una amalgama de cúpulas geodésicas y torres de comunicaciones que desafiaban la blancura absoluta de la tundra. Pero bajo las capas de hielo y hormigón reforzado, en un santuario de silencio y tecnología estéril