La noche sobre París se desplegaba como un manto de terciopelo húmedo, salpicado por el resplandor de millones de luces que intentaban, en vano, disipar la bruma que ascendía desde el Sena. En el Hotel Ritz, dentro de la suite imperial que alguna vez albergó a monarcas y leyendas, el aire estaba saturado con el aroma del nardo y el cuero viejo. Aura Valente permanecía inmóvil frente al gran espejo de tres cuerpos, observando cómo un ejército de costureras terminaba de asegurar las piezas de su