El aire de la Toscana, cargado de la fragancia de los cipreses y la tierra fértil tras la lluvia, era un contraste casi violento con la humedad asfáltica de Singapur. Aura Valente observaba desde el balcón de la villa renacentista —una propiedad que su familia poseía desde hacía tres generaciones— cómo el sol se ocultaba tras las colinas de Siena, tiñendo los viñedos de un violeta profundo. A pesar de la paz bucólica del paisaje, la mente de Aura funcionaba con la velocidad de un procesador de