El silencio que siguió a la masacre en el ático de la Torre Vane era más pesado que el estruendo de los disparos que lo precedieron. El aire estaba saturado con el olor metálico de la sangre de Beatrice Thorne, el ozono de los servidores quemados y el aroma del champán caro que se vertía sobre la alfombra de cachemira desde las copas volcadas. Aura Valente permanecía de pie en el centro del salón, con su vestido de seda negra desgarrado, revelando la curva de su cadera y la firmeza de sus muslo