14. No puede haber desaparecido.
El frío de la madrugada lo sacó del sueño de golpe. Damián gruñó bajo, su cuerpo giró instintivamente hacia el lado donde, horas antes, había sentido el calor de su hembra. Pero lo único que encontró fue el vacío.
Frunció el ceño y se incorporó, olfateando el aire con desconfianza. El aroma de Isolde aún impregnaba las mantas, dulce y salvaje, como un eco de la noche anterior. Pero en la cueva... nada. Ni un rastro de su presencia.
Su expresión se endureció. Era imposible.
Se puso de pie de un