Liam estaba en pie, tenso, mientras escudriñaba la oscuridad fuera de la casa. La inquietud crecía dentro de él, y su instinto le decía que algo no andaba bien.
No podía ignorar lo que había visto: esa sombra moviéndose rápida y furtivamente cerca de la ventana. Con un movimiento rápido, llamó a uno de los guardias de la manada que vigilaba cerca de la entrada.
—Reúne a los hombres y peinen el área —ordenó Liam, manteniendo la voz baja pero firme—. No quiero que quede un solo rincón sin revisa