Nolan llegó a su consultorio con la respiración agitada y los ojos encendidos de ira. Apenas cruzó la puerta, la azotó con tal fuerza que el eco resonó por todo el lugar. Su cuerpo vibraba de frustración contenida.
Sin pensarlo, arrasó con todo lo que había sobre su escritorio de un solo movimiento: los papeles, la computadora, y los instrumentos cayeron al suelo en un estruendo metálico. Luego, llevó ambas manos a su cabeza y jaló de su cabello con desesperación, como si eso pudiera arrancar