—Alma… —susurro con un hilo de voz.
—Señorita, despierte. Todo está bien —dice la voz de una mujer.
—¿Dónde estoy? —pregunto sintiéndome mareada.
Ella me dice que estamos en mi casa y que he estado durmiendo unos meses.
—Su esposo quiere hablar con usted —me avisa la mujer. Aún tengo los ojos cerrados y siento cómo la saliva cae de mi boca por no poder cerrarla bien.
Intento abrir los ojos por la insistencia de la mujer, y miro a donde ella me señala. Esta vez logro abrirlos un poco más, ya no e