SAMANTHA
—¿Terminaste?— preguntó saliendo con un botiquín de emergencias hacía la sala.
—Si— le tendí el teléfono —Gracias.
Me dio una sonrisa.
—Escucha, en serio no pienso dañarte— insistió —Siéntate— señaló el sillón —Déjame ayudarte con tus heridas.
Bajé el rostro, suspiré rendida, tomé el bordillo de mi suéter y él giro dándome privacidad, me deshice del suéter el cual tenía vidrios, quedándome con una camiseta que tenía por debajo, caminé con cautela sentándome.
Él se acercó arrodillándose