—Dámelo, dámelo, malcriada colibrí —le pidió, rozándole el clítoris—. Dale a tu hombre, tu única familia...
Ella apretó los ojos.
—Tu liberación. Eso es, eso es… qué buena niña ella, cómo se traga toda la polla de su hombre —le besó la oreja—. Dámelo, dáselo a tu dueño.
—¡Dios, Dios, Dios, Dios! ¡Ares! —chilló Melissa, recostándose por completo en el colchón mientras sentía las embestidas profundas en su interior y ese roce sobre su clítoris—. ¡Sí, sí, sí, así! ¡Dios! ¡Ares!
El grito de placer