Cuando quedaron en soledad, fue el mismo Ares quien la tomó del mentón para verla a los ojos.
—¿Cuánto más vas a llorar, Melissa?
—No lo sé. No lo sé porque ahora mismo todo lo que puedo pensar es que un día vas a terminar matándome —él tensó la mandíbula—. No sé cómo dirigirme a ti, cómo seguirte el ritmo. Sé que quieres una sumisa, pero yo… —tragó saliva para luego suspirar—. No sé cómo serlo, y si tú eres un amo, enséñame —Ares apenas frunció el ceño—. Enséñame qué quieres de mí, pero con co