Tomó al fin su capuchino y pronto suspiró. Quizás era demasiado temprano para llenarse la cabeza con aquello, pero al mismo tiempo sentía que ya no había nada más por vivir. Aquella sí era su casa, pero no su hogar. Aquel sí era un matrimonio, pero no por amor. Y él sí era su esposo, pero no la persona que la amaba, no quien quería verla bien, feliz, cuidarla en la salud y en la enfermedad, con quien incluso formaría una familia. No lo sería, no con Ares Ravage.
Entre sus profundos pensamientos