Narrado por Natália
Hacía calor. Un calor seco, del tipo que se pega a la piel y te hace querer arrancarte el cuerpo. Pero lo peor no era el calor. Era el silencio. El silencio de quien espera ser entregada. De quien sabe que ya no tiene salida.
Yo estaba sentada en el suelo áspero de una habitación sin ventanas, con la cabeza apoyada contra la pared de piedra fría, intentando mantener la respiración estable. El cabello se pegaba a la frente, el sudor corría por mi espalda, y la desesperación v