Lara
Sus manos nunca temblaron.
Ni cuando sujetaron mi muñeca con fuerza suficiente para cortar la circulación.
Ni cuando me empujaron dentro del coche, entre dos guardias silenciosos, armados, con ojos fríos como la noche que me tragó.
Ni cuando cerró la puerta con un golpe seco que sonó más fuerte que cualquier grito que pudiera haber dado.
Había vuelto.
Pero no porque quisiera.
Porque fallé.
Porque subestimé al hombre que creía poseerme.
Fueron ocho horas de viaje hasta la propiedad en Ras