Lara
El silencio de la habitación era confortable, pero mi pecho era un caos. La mansión parecía respirar en otro ritmo, ajena al torbellino dentro de mí. Me encogí en el sofá junto a la ventana, con las rodillas abrazadas y la mirada perdida en el paisaje. El cielo de Dubái ya empezaba a cambiar de tono, un dorado suave se extendía por las nubes, como si toda la ciudad estuviera envuelta en un velo de calor y belleza. Y ahí estaba yo, perdida en un pensamiento que me perseguía desde hacía día