Lamis
Observando a mi hijo jugar sobre la alfombra de la sala, me fijo en los pequeños detalles de su rostro: la forma de sus ojos, la concentración con la que arma sus juguetes, la manera en que frunce el ceño cuando no entiende algo.
Es la viva imagen de su padre.
Los últimos años me transformaron. Ya no soy la joven de diecisiete años que se enamoró y creyó que el amor era suficiente para enfrentarse al mundo. Maduré. Aprendí a sobrevivir. Y, sobre todo, aprendí a tener miedo.
Sé que muchos