Capítulo 6. Mía

Almendras.

Cerezas.

Volví a inspirar.

El olor se metió por mi nariz y pareció extenderse directamente bajo la piel.

Me recorrió los brazos.

El pecho.

La barriga.

Hasta las rodillas.

—¿Qué coño es eso?

Clara seguía mirando hacia la escalera.

—¿Qué hueles?

—No lo sé.

Mentira.

Sabía perfectamente qué olía.

Almendras tostadas.

Cerezas maduras.

Y algo más.

Algo caliente.

Oscuro.

No tenía nombre.

Mi boca empezó a llenarse de saliva.

Me pasé la lengua por los labios.

—¿Hay comida?

Max soltó una carcajada.

Bruce no.

—No es comida —dijo Clara.

—Pues mi cuerpo opina otra cosa.

Otro golpe de tambor atravesó la casa.

Las conversaciones bajaron de volumen.

Algunas personas se movieron hacia los lados.

Yo seguía respirando.

Era absurdo.

Cuanto más aire tomaba, más quería.

Cleo se movió dentro de mí.

No como antes.

No fue una palabra.

Fue un tirón.

Una urgencia.

Di un paso.

Clara me agarró de la muñeca.

—Espera.

El contacto me molestó inmediatamente.

La presión dentro de mi pecho se expandió.

Me giré hacia ella.

—Suéltame.

Clara abrió los ojos.

No sé qué vio en mi cara.

Pero soltó mi muñeca en el acto.

Y después bajó la mirada.

Su cabeza se inclinó.

Un lado de su cuello quedó expuesto.

Me quedé congelada.

—¿Qué haces?

Clara levantó lentamente los ojos.

—Nada.

—Acabas de...

—Reflejo.

—¿Reflejo de qué?

—Luego.

—¡Otra vez luego!

Max estaba mirando a Clara.

Bruce me miraba a mí.

—Amber —dijo Bruce—. Tus ojos.

Me llevé una mano a la cara.

—¿Qué les pasa?

Nadie respondió.

Cogí el móvil del bolsillo.

Abrí la cámara frontal.

Mis pupilas parecían demasiado grandes.

Alrededor del iris había un brillo dorado.

—Dios mío.

Parpadeé.

Seguía allí.

Busca.

La voz de Cleo me atravesó con tanta claridad que dejé de mirar la pantalla.

—¿Qué?

Clara frunció el ceño.

—¿Qué pasa?

—Cleo.

Max sonrió.

—¿Tu loba ya habla contigo?

—No es el momento, Max.

Busca.

Sentí otro tirón.

Giré hacia las escaleras.

—¿Qué quieres?

Bruce dio un paso.

—Amber...

—No hablo contigo.

Max abrió la boca.

Clara levantó una mano.

—Déjala.

Él.

El corazón me dio un golpe brutal.

—¿Él quién?

No sabía si había pensado la pregunta o la había dicho.

Ya me daba igual.

Porque los pasos llegaban.

Primero apareció un chico.

Alto.

Rubio oscuro.

Hombros enormes.

Después otro.

Y otro.

Todos bajaban juntos.

La gente de abajo los conocía.

Se notaba.

Algunas chicas se arreglaron el pelo.

Varios chicos enderezaron la espalda.

Yo no podía prestar atención a ninguno.

El olor se hacía más fuerte.

Mi piel estaba caliente.

Mucho.

Me froté el brazo.

Tenía el vello levantado.

—Clara.

—Estoy aquí.

—Tengo calor.

—Lo sé.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Te huelo.

—Fantástico.

Otro chico bajó.

No.

No era él.

¿Cómo sabía que no era él?

No tenía sentido.

Pero Cleo sí lo sabía.

No.

Seguimos esperando.

Mi respiración empezó a acelerarse.

El vestido me parecía demasiado ajustado.

El tirante me rozaba el hombro.

Podía notar cada milímetro de tela sobre el cuerpo.

—Necesito aire.

Bruce señaló hacia la puerta.

—Vamos fuera.

Cleo rugió dentro de mí.

No fue un sonido real.

Pero sentí la vibración en el pecho.

NO.

Me quedé parada.

Bruce también.

—Vale.

—Perdón.

—No pasa nada.

Sí pasaba.

Estaba perdiendo la cabeza.

Otro par de zapatos apareció en lo alto de la escalera.

Negros.

Pantalones oscuros.

Después unas piernas largas.

Un cuerpo enorme.

La gente empezó a callarse.

Yo levanté la vista.

Y lo vi.

El primer pensamiento fue ridículo.

Eso debería ser ilegal.

Era altísimo.

Cerca de dos metros.

Pelo negro, algo largo, cayéndole desordenado sobre la frente.

Camisa negra.

Mangas remangadas.

Antebrazos fuertes.

Hombros que parecían haber sido diseñados específicamente para ocupar puertas enteras.

No sonreía.

Hablaba con el chico rubio que bajaba a su lado.

Hasta que dejó de hacerlo.

Su cabeza se levantó.

Sus ojos recorrieron el salón.

Buscando.

Cleo se abalanzó dentro de mí.

ÉL.

El aire desapareció de mis pulmones.

El hombre dejó de caminar.

Nos encontramos con la mirada.

Negros.

Sus ojos eran casi negros.

O eso pensé.

Porque un segundo después cambiaron.

Algo oscuro se extendió por sus pupilas.

El chico que iba a su lado dijo algo.

Él no respondió.

Solo me miraba.

Sentí cada latido en la garganta.

Uno.

Dos.

Tres.

La casa entera parecía haberse quedado lejos.

No escuchaba la música.

Ni a Max.

Ni a Clara.

Solo podía oír mi respiración.

Y la suya.

Aunque estaba a varios metros.

Cleo empujó.

Di un paso.

El hombre también.

Una chica intentó decirle algo cuando pasó a su lado.

No la miró.

Bajó otro escalón.

El olor me golpeó con más fuerza.

Almendras.

Cerezas.

Él.

Me llevé una mano al vientre.

El calor había bajado hasta allí.

Pesado.

Incómodo.

Demasiado agradable.

No.

No me gustaba.

No conocía a ese hombre.

Ni siquiera sabía su nombre.

—¿Quién es? —susurré.

Clara apareció a mi lado.

—William Blackthorn.

El nombre no me dijo nada.

—¿Y se supone que eso significa...?

Clara me miró.

—Príncipe.

Giré la cabeza.

—¿Qué?

—Hijo del Rey Alfa.

Volví a mirarlo.

Perfecto.

Claro.

Porque el hombre que estaba haciendo que mi cuerpo olvidara cómo funcionar no podía ser un estudiante cualquiera.

Tenía que ser literalmente un príncipe lobo.

William continuó bajando.

Los estudiantes se apartaban.

Nadie se lo pedía.

Simplemente lo hacían.

Él no parecía verlo.

Seguía mirándome.

Cleo estaba cada vez más inquieta.

Ve.

—No.

Clara me miró.

—¿Qué?

—Nada.

Ve.

—Cállate.

Max se acercó.

—¿Estás hablando con Cleo?

—Sí.

—¿Qué dice?

—Que me vaya hacia él.

Max dejó de sonreír.

Bruce miró a William.

Después a mí.

Clara, en cambio, parecía demasiado entretenida.

—¿Por qué tienes esa cara?

—¿Qué cara?

—La misma que pusiste antes de obligarme a ir a esta fiesta.

—No te obligué.

—Dijiste que era obligatorio.

—Lo es.

—Eso es obligarme con pasos extra.

William llegó al último escalón.

Se detuvo.

La distancia entre nosotros seguía siendo considerable.

No pareció importarle.

Sus fosas nasales se abrieron.

Inspiró.

Mi cuerpo respondió.

Sentí calor en la cara.

Después en el cuello.

Y para mi absoluta humillación, él lo notó.

Lo supe porque sus ojos cambiaron.

No necesitaba entender lenguaje lobo para reconocer aquella mirada.

Había deseo.

Pero también algo mucho más fuerte.

Reconocimiento.

Sus dedos se cerraron junto a su cuerpo.

El chico rubio de antes retrocedió.

—Will.

Él no respondió.

Dio un paso hacia mí.

Cleo prácticamente se volvió loca.

COMPAÑERO.

Mi sangre se heló.

—No.

Clara me oyó.

—Amber...

—No.

—Creo que...

—No termines esa frase.

William seguía acercándose.

Yo quería retroceder.

De verdad.

Mi cerebro gritaba que retrocediera.

Mis pies no obedecían.

Cuando quedó a unos pocos metros, pude distinguir hasta la sombra de la barba sobre su mandíbula.

Un pequeño corte sobre una ceja.

El movimiento de su pecho al respirar.

Y aquel olor.

Dios.

Quería hundir la cara en su cuello.

Me quedé horrorizada por mi propio pensamiento.

Cleo.

Sí.

—No.

William inclinó la cabeza.

Había oído mi susurro.

Una pequeña arruga apareció entre sus cejas.

Siguió caminando.

Todo el salón estaba en silencio.

Yo podía sentir las miradas.

Otra vez.

Como en la playa.

Móviles.

Risas.

Alex.

El miedo apareció.

Mi cuerpo reaccionó antes de que pudiera evitarlo.

Di un paso hacia atrás.

William se detuvo.

Su expresión cambió.

No parecía enfadado.

Parecía...

preocupado.

Eso me descolocó.

Después su mirada bajó hacia mis manos.

Las tenía cerradas.

Las abrí.

Respiré.

—No sé quién eres —dije.

Él me miró como si acabara de decir algo increíble.

El chico rubio detrás de él soltó una risa.

William ni siquiera giró.

Volvió a inspirar.

Esta vez profundamente.

Sus ojos se cerraron durante un segundo.

Cuando los abrió ya no quedaba ninguna duda.

Un sonido salió de su pecho.

Un gruñido.

Grave.

Tan profundo que sentí la vibración bajo las costillas.

Varias personas inclinaron la cabeza.

Clara también.

Yo no.

No porque fuera valiente.

Porque estaba demasiado ocupada intentando entender por qué una parte de mí quería correr hacia él mientras la otra quería salir por la puerta.

William dio el último paso.

Ya estaba delante de mí.

Demasiado cerca.

El calor de su cuerpo atravesaba el pequeño espacio entre nosotros.

Tuve que levantar la barbilla para mirarlo.

Muchísimo.

Sus ojos descendieron hasta mi boca.

Después volvieron a los míos.

Cleo empujó con tanta fuerza que las rodillas me temblaron.

William inspiró junto a mi pelo.

Su respiración caliente rozó mi sien.

La piel se me erizó desde la nuca hasta los brazos.

Y entonces habló.

Una sola palabra.

—MÍA.

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