Mundo de ficçãoIniciar sessãoClara tardó cuarenta minutos en convencerme de que el vestido no era demasiado corto.
Tardó otros veinte en conseguir que dejara de ponerme la sudadera encima.
—Hace frío.
—Hay calefacción.
—Podemos ir andando.
—Vamos en coche.
—Puede estropearse.
Clara dejó el cepillo sobre la mesa.
—Amber.
—¿Qué?
—Estás intentando esconderte.
La miré a través del espejo.
—No.
—Sí.
Bajé la vista hacia el vestido.
Negro.
Sencillo.
Tirantes finos.
Terminaba a mitad del muslo.
Nada escandaloso.
Pero después de la playa cualquier prenda que dejara demasiada piel al aire me hacía sentir incómoda.
Clara se acercó por detrás.
—Nadie va a grabarte.
Me quedé quieta.
Había acertado demasiado rápido.
—No estaba pensando eso.
—Vale.
—De verdad.
—Vale.
—Odio cuando haces eso.
—¿Qué?
—Darme la razón sin creerme.
Clara cogió mi pelo y empezó a dividirlo.
—Te voy a hacer una trenza.
—Eso ha sido un cambio de tema horrible.
—Y ha funcionado.
Quince minutos después tenía el pelo recogido en una trenza larga y algo deshecha que caía por mi espalda.
Clara se había puesto un vestido morado tan oscuro que parecía negro hasta que le daba la luz.
—Estás preciosa.
Ella miró su reflejo.
—Lo sé.
—La modestia también se estudia aquí, supongo.
—Optativa.
Me reí.
Salimos.
La fiesta se celebraba en una casa enorme cerca del límite del bosque.
Clara la llamó residencia de una fraternidad.
Yo la habría llamado mansión de gente con demasiado dinero.
Madera oscura.
Tres plantas.
Ventanas enormes.
Música que se escuchaba desde el aparcamiento.
Y gente.
Muchísima gente.
En cuanto abrimos la puerta, una mezcla de olores me golpeó con tanta fuerza que di un paso hacia atrás.
—Joder.
Clara me agarró por el codo.
—Respira por la boca.
—Huele a gimnasio, perfume y zoológico.
—Te acostumbrarás.
—Como vuelvas a decirme eso te muerdo.
—Eso sería bastante apropiado.
Entramos.
La música vibraba en el suelo.
Había gente bailando en el salón, jugando al billar, hablando en las escaleras y bebiendo alrededor de una isla enorme en la cocina.
Me fijé en una pareja junto a la ventana.
Ella tenía la cara enterrada en el cuello de él.
Él le olía el pelo.
No discretamente.
Aspiraba como si estuviera intentando memorizarla.
—Clara.
—¿Qué?
Señalé.
—¿Eso es normal?
—Sí.
—¿Seguro?
—Compañeros.
—¿Compañeros de clase?
Clara me miró.
—Predestinados.
Ah.
Otra palabra que mi madre había olvidado incluir en el maravilloso manual de instrucciones que nunca me dio.
—Explícate.
Clara cogió dos vasos de una bandeja.
Me entregó uno.
Lo olí antes de beber.
Alcohol.
Mucho.
—Paso.
Ella se quedó con los dos.
—Los compañeros son dos lobos destinados el uno al otro.
—Eso suena peligrosamente romántico para venir de ti.
—Es biología.
—Y ahí vuelves a dar miedo.
Clara bebió.
—Cuando encuentras a tu compañero, lo sabes.
—¿Cómo?
—Por el olor, sobre todo.
Miré otra vez a la pareja.
—¿Eso explica el festival de aspiraciones nasales?
—Entre otras cosas.
—¿Qué otras?
Clara señaló discretamente hacia otra esquina.
Un chico tenía a una pelirroja sentada sobre sus piernas.
Ella estaba mordisqueándole el cuello.
—Ah.
—El vínculo genera atracción.
—¿Atracción cuánto?
Clara sonrió.
—Mucho.
—Muy científico.
—No he terminado. Tu lobo también lo reconoce.
La palabra me hizo sentir una pequeña presión dentro del pecho.
Cleo.
No había vuelto a hablar desde que llegamos a Luna Roja.
Pero sabía que estaba allí.
Dormida.
O escuchando.
—¿Y si no te gusta la persona?
—Complicado.
—Eso no es una respuesta.
—Puedes rechazar el vínculo.
—Perfecto.
—Duele.
—¿Cuánto?
Clara se encogió de hombros.
—Depende.
—Otra de tus respuestas favoritas.
—Algunas personas enferman. Otras tardan años en recuperarse.
Me quedé mirando el vaso que todavía sostenía ella.
—Esto cada vez suena menos romántico.
—También puede ser lo mejor que te pase en la vida.
La observé.
—¿Tú tienes compañero?
—No.
—¿Nunca lo has encontrado?
—Todavía no puedo.
—¿Por qué?
—Cumplo dieciocho dentro de unos meses.
Parpadeé.
—¿Tienes diecisiete?
—Sí.
—Pensé que eras mayor que yo.
Clara me miró ofendida.
—Gracias.
—No por vieja. Por aterradora.
—Mucho mejor.
Alguien apareció detrás de nosotras.
—California.
Me giré.
Max.
Llevaba una camisa azul oscura y una sonrisa enorme.
—Gamma tragapatatas.
—Me gusta.
Bruce venía con él.
Camiseta negra.
Vaqueros.
Nada especialmente elaborado.
Y aun así varias chicas lo miraron al pasar.
Entendible.
Era guapísimo.
—¿Cómo lo llevas? —preguntó.
—Todavía no he matado a nadie.
—Buen comienzo.
Max agarró a Clara del hombro.
Ella le clavó el codo en las costillas.
—No me toques.
—Algún día aprenderás a dar cariño.
—Algún día aprenderás a reconocer amenazas.
Me reí.
La música cambió.
Max señaló hacia el salón.
—Vamos a bailar.
—No.
—Amber.
—No.
—Clara.
—Menos.
Bruce se quedó a mi lado mientras ellos discutían.
—No tienes que hacer nada que no quieras.
Lo miré.
—Gracias.
—Pero bailar con Max es una experiencia educativa.
—¿Por qué?
—Porque descubrirás movimientos que ningún cuerpo humano debería hacer.
Max lo oyó.
—¡Envidia!
Por primera vez desde que había llegado, empecé a relajarme.
Hablamos.
Reímos.
Max consiguió convencer a Clara para jugar al billar.
O quizá Clara accedió porque quería humillarlo.
Bruce me enseñó la planta baja.
Me presentó a gente.
Nadie mencionó la playa delante de mí.
Eso ya era una victoria.
Hasta que volvimos al salón.
Una chica pasó junto a nosotros.
Me miró.
Después miró a Bruce.
Y aspiró.
Frunció el ceño.
—¿Está contigo?
Bruce levantó una ceja.
—Estamos hablando.
—Hueles a ella.
Se me abrieron los ojos.
—¿Perdón?
La chica se marchó sin responder.
Miré a Bruce.
—¿Huelo en ti?
Se rio.
—Un poco.
—¿Cómo?
—Has estado cerca.
—¿Y eso se queda?
—Temporalmente.
Me miré los brazos como si pudiera ver mi propio olor adherido a la piel.
—Esto es horrendo.
Bruce se rio más.
—Para nosotros es normal.
—Pues vuestra normalidad necesita límites.
Alguien me rozó al pasar.
Me llegó un olor fuerte.
Pino.
Tabaco.
Algo animal.
Mi nariz se arrugó.
El chico giró.
Me miró.
Volvió.
—Nueva.
—Otra vez eso.
Se acercó demasiado.
—No te había olido antes.
Di un paso hacia atrás.
Él avanzó.
—Pues ya puedes tacharlo de tu lista de experiencias.
Sonrió.
—Tienes un olor interesante.
Noté movimiento a mi izquierda.
Bruce.
—Déjala.
El chico ni siquiera lo miró.
—No estoy haciendo nada.
—Estás invadiendo su espacio.
—Puede hablar ella.
—Y estoy hablando yo —respondí.
Los ojos del desconocido volvieron hacia mí.
Su sonrisa cambió.
—Tienes carácter.
—Y tú problemas para interpretar señales sociales.
Algo cálido se movió dentro de mi pecho.
No dolor.
Presión.
Cleo.
No.
La palabra sonó tan clara que me quedé quieta.
El chico también.
Mi visión pareció afilarse.
Su olor se volvió insoportable.
Demasiado cercano.
Demasiado invasivo.
—Aléjate.
No grité.
No hizo falta.
El chico dejó de sonreír.
Sus hombros bajaron.
Retrocedió.
Y durante un segundo inclinó la cabeza.
Me quedé mirándolo.
¿Qué coño?
Clara apareció a mi lado.
Había visto todo.
—Amber.
—¿Qué?
Su expresión había cambiado.
—Nada.
—No me pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de «acabo de descubrir algo preocupante».
Max llegó con dos bebidas.
—¿Me he perdido algo?
—No —dijo Clara.
—Sí —dije yo al mismo tiempo.
Clara me agarró suavemente del brazo.
—Luego.
—Odio cuando haces eso.
—Lo sé.
Me llevó hacia el centro del salón.
Yo seguía mirando al chico.
Había vuelto con sus amigos.
Pero ya no me observaba.
—¿Qué ha sido?
—Te dije que seguramente tienes rango.
—No sé qué significa eso.
—Lo descubrirás.
—Clara.
—Esta noche no.
—¿Por qué?
Miró hacia las escaleras.
—Porque hay cosas más interesantes.
Seguí su mirada.
Nada.
—¿Qué?
—Espera.
La música cambió.
No de canción.
De ambiente.
Una base más grave empezó a llenar la casa.
Tambores.
Golpes lentos que parecían entrar por las plantas de los pies.
La gente empezó a moverse.
A abrir espacio.
—¿Qué pasa?
Max sonrió.
—Llegaron.
—¿Quiénes?
Clara cogió otro trago.
—Los chicos que creen que esta universidad les pertenece.
Bruce negó con la cabeza.
—No le hagas caso.
—Eso no responde.
Entonces escuché pasos arriba.
Muchos.
Y algo dentro de mí despertó.
Cleo levantó la cabeza.
¿Qué...?
Me llevé una mano al pecho.
—Clara.
—¿Qué ocurre?
No sabía responder.
Porque acababa de aparecer un olor que no había estado allí un segundo antes.
Dulce.
Cálido.
Extrañamente familiar.
Cerezas.
Y almendras.
Respiré otra vez.
El corazón me golpeó con tanta fuerza que dolió.
—¿Qué es eso?
Clara dejó de beber.
Sus ojos fueron hacia la escalera.
Después a mí.
Y sonrió.
Eso fue lo que más miedo me dio.
—¿Clara?
No respondió.
Mi cuerpo ya estaba buscando el origen.







