Mundo ficciónIniciar sesión
Cumplir dieciocho años debería haber sido memorable.
En mi defensa, nadie especificó de qué manera.
La fiesta estaba en uno de mis lugares favoritos de la costa. Una cala bastante apartada donde las rocas protegían la arena del viento y, cuando bajaba la marea, se formaban pequeñas piscinas naturales entre las piedras.
Había pasado media vida allí.
Con mi madre.
Con amigos.
Sola.
Sabía dónde meterse al agua sin pisar erizos, dónde se escondían los cangrejos y qué roca era perfecta para tumbarse cuando el sol empezaba a caer.
Aquella noche no reconocía mi propia playa.
Mis amigas habían colocado pequeñas luces entre unas sombrillas. Había dos hogueras, música saliendo de un altavoz enorme y demasiada gente para mi gusto.
El aire olía a sal, crema solar, humo y cerveza.
Yo llevaba un vestido blanco corto que había jurado no ponerme porque me parecía demasiado arreglado para una fiesta en la arena.
Dos horas después seguía preguntándome por qué había cedido.
—Deja de estirarlo.
Miré a Sophie.
—No lo estoy estirando.
—Amber, llevas veinte minutos tirando del bajo.
Bajé la vista.
Tenía los dedos agarrados a la tela.
Los solté.
—Es corto.
—Tienes unas piernas preciosas.
—No estamos hablando de mis piernas.
Sophie puso los ojos en blanco y me quitó el vaso de refresco de la mano.
—Tu problema es que piensas demasiado.
—Mi madre dice lo mismo.
—Tu madre tiene razón.
—No vuelvas a decir eso delante de ella. Se pondrá insoportable.
Se echó a reír.
Yo también.
Todavía me resulta extraño recordar que me reí aquella noche.
Que durante un rato fui feliz.
La música cambió y varias personas empezaron a gritar cerca del agua.
Alguien había decidido meterse vestido en el mar.
Perfecto.
Eso garantizaba al menos tres móviles muertos antes de medianoche.
Me aparté el pelo de la cara cuando una ráfaga húmeda llegó desde la costa.
Y entonces lo vi.
Alex.
Venía caminando hacia nosotros.
Mi estómago hizo esa cosa ridícula que llevaba meses haciendo cada vez que aparecía.
Rubio.
Alto.
Bronceado.
Camiseta blanca.
Vaqueros remangados.
Parecía uno de esos tíos que salen en los anuncios de universidades privadas fingiendo estudiar mientras sonríen bajo un árbol.
Y lo peor era que Alex no necesitaba fingir.
Era inteligente.
Jugaba al fútbol.
Sacaba buenas notas.
Estudiaba en una universidad que costaba más al año que el coche de mi madre.
Y, hasta donde yo sabía, no era un imbécil.
Eso último resultó ser importante.
Sophie me dio con el codo.
—No mires ahora.
—Ya estoy mirando.
—Pues deja de hacerlo como si llevaras tres meses encerrada en una cueva.
—Cállate.
—Está viniendo.
—Ya lo sé.
Mi corazón había decidido avisarme golpeándome las costillas.
Alex llegó hasta nosotras.
—Feliz cumpleaños.
Sonrió.
Maldita sea.
Sonreía demasiado bien.
—Gracias.
Eso fue todo lo que consiguió producir mi maravilloso cerebro.
Gracias.
Dieciocho años de educación para semejante despliegue verbal.
Alex me miró unos segundos.
Luego levantó una pequeña bolsa de papel.
—Te he traído algo.
—¿En serio?
—En serio.
Noté las miradas de mis amigas.
Todas sonreían.
Aquello tendría que haberme parecido raro.
Mi madre llevaba meses diciéndome que aquellas chicas no me gustaban de verdad.
Yo pensaba que era porque Elena desconfiaba de cualquier persona que respirara cerca de su hija.
—Vamos —dijo Sophie—. Abridlo lejos de aquí. Nosotras tenemos cosas que hacer.
—¿Qué cosas?
—Cosas.
La expresión de su cara hizo que sintiera calor en las mejillas.
—Eres idiota.
—Y tú eres virgen hasta de pensamiento. Vete.
—¡Sophie!
Alex se rio.
Yo habría querido enterrarme en la arena.
Pero él me ofreció la mano.
—¿Caminamos?
Miré sus dedos.
Después su cara.
Y cometí el error de creer que aquella era una de esas noches que recordarías durante toda la vida por razones bonitas.
—Vale.
Nos alejamos de la música.
Cuanto más caminábamos hacia las rocas, más se apagaban las voces.
El mar ocupó su lugar.
Olas entrando y retirándose.
Piedras rodando bajo el agua.
El crujido de la arena bajo nuestros zapatos.
La brisa estaba fresca y me pegaba el vestido a las piernas.
Alex se detuvo junto a una hoguera pequeña, apartada de las demás.
Había alguien allí hacía poco.
Todavía quedaban dos botellas medio enterradas y una toalla arrugada.
—Aquí estaremos tranquilos.
Asentí.
Me senté en la arena.
Alex se dejó caer junto a mí.
Durante unos segundos ninguno habló.
Yo podía sentir mi propio pulso en el cuello.
—Abre el regalo.
—Ah.
Se me había olvidado por completo.
Cogí la bolsa.
Dentro había una pulsera fina.
Nada exagerado.
Una cadena plateada con una pequeña estrella.
La levanté.
—Alex...
—¿Te gusta?
—Muchísimo.
Era preciosa.
Él me ayudó a ponérmela.
Sus dedos me rozaron la muñeca.
Un cosquilleo me subió hasta el codo.
Patético.
Me sentía patética.
—Gracias.
—De nada.
Levanté la mirada.
Alex seguía cerca.
Demasiado cerca para que mi cabeza funcionara con normalidad.
Olía a colonia, humo y cerveza.
Entonces escuché una risa.
Lejana.
Cerca de las rocas.
Giré la cabeza.
—¿Has oído eso?
Alex me tomó suavemente del mentón.
—¿No prefieres mirarme a mí?
La sangre me subió a la cara.
—Puede.
Sonrió.
Y me besó.
Durante los primeros segundos pensé que iba a explotar de felicidad.
Había imaginado aquello demasiadas veces.
En el coche.
En clase.
Duchándome.
Mientras mi madre me explicaba cosas que se suponía que tenía que escuchar.
Sus labios eran cálidos.
La mano de Alex se apoyó en mi cintura.
Yo agarré su camiseta.
Luego su mano bajó.
Demasiado.
Me aparté un poco.
—Espera.
Volvió a besarme.
Más fuerte.
—Alex.
Intenté echar el cuerpo hacia atrás.
Él me siguió.
Su mano volvió a bajar por mi cadera.
—He dicho que esperes.
Esta vez empujé su pecho.
No se movió.
Ni un centímetro.
La primera sensación no fue miedo.
Fue confusión.
Alex siempre había sido respetuoso.
Siempre.
—Venga, Amber.
Su voz había cambiado.
Ya no sonaba dulce.
—No.
Intenté levantarme.
Él me agarró de la muñeca.
Fuerte.
El hueso me dolió bajo sus dedos.
—Suéltame.
Otra risa llegó desde las rocas.
Después otra.
Una luz blanca se encendió.
Un móvil.
Me quedé mirando.
Sophie salió primero.
Luego Rachel.
Megan.
Dos chicas más.
Todas llevaban el teléfono levantado.
Grabando.
La piel de mi espalda se enfrió.
—¿Qué hacéis?
Sophie soltó una carcajada.
—Dios, Amber, deberías verte la cara.
Miré a Alex.
Él estaba sonriendo.
No como antes.
Era una sonrisa que nunca le había visto.
Sin vergüenza.
Sin cariño.
—¿Qué coño pasa?
Rachel acercó el móvil.
—Un poco más cerca, por favor. No se escucha bien.
—Apaga eso.
—No seas dramática.
Me incorporé.
Alex volvió a sujetarme.
Esta vez del brazo.
—Quietecita.
El miedo llegó entonces.
Frío.
Directo al estómago.
—Suéltame.
—Relájate.
—¡He dicho que me sueltes!
Sophie suspiró.
—De verdad, tía, no pasa nada.
—¿Que no pasa nada?
—Solo necesitamos un vídeo.
Miré los teléfonos.
Las sonrisas.
A Alex.
—¿Para qué?
Durante un segundo nadie respondió.
Después Megan se echó a reír.
—Tu madre lleva todo el semestre jodiéndonos con las notas.
El aire me pareció de pronto demasiado frío.
—¿Qué?
—La profesora Scott.
Mi madre.
—Si tenemos esto —continuó—, quizá deje de hacerse la santa y nos apruebe.
Me quedé mirándola.
No podía ser verdad.
—¿Habéis hecho todo esto para chantajear a mi madre?
Sophie se encogió de hombros.
—No queríamos hacerte daño.
Miré mi muñeca.
Los dedos de Alex todavía estaban alrededor.
La pulsera plateada brillaba justo encima de su mano.
El regalo.
También eso había sido mentira.
—Alex.
Me costó pronunciar su nombre.
—¿Tú también?
Él soltó aire por la nariz.
—No hagas un drama.
Fue esa frase.
No sé por qué.
Quizá porque llevaba semanas pensando que aquel chico era bueno.
Quizá porque cinco minutos antes había estado convencida de que me besaba porque le gustaba.
Quizá porque mis amigas estaban riéndose.
O porque una parte de mí seguía intentando encontrar una explicación que no me hiciera sentir tan estúpida.
El calor empezó bajo mi esternón.
No era vergüenza.
Ni rabia normal.
Era físico.
Una oleada caliente que se extendió por mis costillas.
Me llevé una mano al pecho.
—Amber...
Alguien dejó de reír.
El calor bajó por mi espalda.
Subió por el cuello.
La piel me ardía.
—¿Qué me pasa?
Alex me soltó.
Di un paso hacia atrás.
La respiración me salía demasiado rápido.
El aire de la playa estaba frío, pero yo sentía sudor acumulándose debajo del pelo.
Otro latido.
Otro.
Demasiado fuerte.
Me doblé.
—Joder...
Los dedos me dolieron.
Miré mis manos.
Las uñas parecían distintas.
No.
No parecían.
Estaban creciendo.
Sophie bajó el teléfono.
—Amber...
Un ruido salió de mi garganta.
Grave.
No había intentado hacerlo.
Todos se quedaron quietos.
Yo también.
—¿Qué...?
El siguiente dolor me atravesó la espalda.
Grité.
Caí de rodillas sobre la arena.
Sentí un crujido dentro de mi hombro.
Después otro en la cadera.
No podía respirar.
No podía pensar.
Solo podía escuchar una cosa.
Una voz que no era la mía.
Una voz que llevaba dieciocho años esperando.
Déjame salir.







