Aiden
Era un ritual, uno arraigado en los huesos del palacio y de la manada mucho antes de que yo tomara mi lugar como Alfa. Cada cierto número de años, a veces antes si el ánimo lo pedía, el palacio era rediseñado. Las paredes se repintaban, los muebles se reemplazaban, los espacios se reimaginaban. No solo por belleza, sino como recordatorio de que estábamos vivos y evolucionando.
Me encontraba en el centro de la casa, con las manos metidas en los bolsillos de mis pantalones de chándal grises, una camiseta sencilla pegada a mi espalda mientras daba instrucciones a los hombres que manejaban el trabajo más pesado.
—Cuidado con esa columna —dije, señalando con la cabeza el marco de mármol que estaban ajustando—. Si se agrieta, cámbienla. No quiero reparaciones.
—Sí, Alfa Aiden —respondió uno de ellos rápidamente.
Me giré despacio, observando el espacio. El palacio ya se sentía diferente, aunque la transformación siempre se hacía de tal forma que conservábamos esa magia que lo convertía