Rowan
La sala de juntas se sentía más pequeña que nunca antes.
Me senté a la cabecera de la larga mesa pulida, con las manos entrelazadas con fuerza, la mandíbula trabada como si eso solo pudiera impedir que todo se desmoronara. Las paredes de cristal reflejaban los rostros de los miembros de mi junta, hombres que alguna vez asentían con entusiasmo ante cada idea que presentaba, que alababan mi instinto y mi ambición. Ahora me observaban como buitres que rodean a algo que ya está medio muerto.
Una pantalla brillaba detrás de ellos, proyectando gráficos y cifras que yo ya conocía de memoria. Líneas rojas que caían abruptamente. Pérdidas. Retiros. Activos embargados. Cada número se sentía como una acusación silenciosa.
Uno de ellos carraspeó.
—No tiene sentido seguir fingiendo —dijo—. La empresa está en muy mal estado.
Exhalé bruscamente por la nariz.
—Soy muy consciente de eso —respondí, con la voz tensa—. Más consciente que nadie en esta sala.
Otro hombre se recostó en su silla, c