Astrid
Hoy no fui a trabajar.
En cambio, me quedé en mi habitación, con las pesadas cortinas entreabiertas, dejando entrar solo la suficiente luz para recordarme que el mundo seguía girando aunque yo no lo hiciera.
Pasé la mañana revisando documentos desparramados sobre mi escritorio y mi tableta. Contratos, proyecciones, cronogramas de adquisiciones, números y palabras que tenían sentido, a diferencia de las emociones. Agradecí la familiaridad de todo aquello. Los negocios nunca te decepcionaban si te mantenías alerta. Las personas, sí.
Al mediodía, inicié una videollamada con Rosa.
Su rostro llenó la pantalla casi de inmediato, con esa mirada aguda y compuesta de siempre. Estaba sentada en lo que parecía una oficina: elegante, moderna, eficiente. Muy al estilo de Rosa.
—¿Estás siguiendo de cerca a Rowan y a su empresa? —pregunté sin rodeos.
Rosa sonrió, despacio y confiada.
—«De cerca» sería quedarse corto. Lo estoy vigilando como halcón. Tengo gente por todas partes, Astrid. Topos